La presencia del caballo en España es tan remota que ni historiadores ni paleontólogos han podido establecer exactamente sus inicios.
Los vestigios más antiguos en la Península provienen del Paleolítico y se presentan en forma de pinturas rupestres que ya muestran la importancia que tenían los equinos en los sistemas de vida prehistóricos.
Ya en la edad media, los árabes organizaron un ejército con una caballería ligera formada casi exclusivamente por caballos andaluces.
Esta caballería ligera fue importante en la expansión árabe en España. Los invasores admiraron las virtudes del caballo andaluz.
Su gran acierto fue conservar y potenciar las características propias de la raza española, creando importantes yeguadas e incluso enviando partidas de ejemplares como regalo a Constantinopla, Bagdad y otras grandes ciudades del imperio islámico.
La importancia que dan los árabes al caballo durante su permanencia en la península ibérica se evidencia en el origen de los términos «caballero» y «caballerosidad» acuñados durante la Edad Media para calificar honrosamente a los propietarios de estos preciados animales y sus virtudes, respectivamente.
Las luchas internas musulmanas y los largos años de reconquista diezman considerablemente la población caballar.
¿Cómo se llegó al PRE? Tenemos tres morfotipos de caballo: el Ibérico, que fue descrito unánimemente por los clásicos como un caballo de cuerpo regular, de bella cabeza y ancas feas, un caballo de tipo mongólico, eumétrico, de perfil convexo, de cuello erguido y grupa redondeada en línea con el berberisco (no en balde ambos tuvieron el mismo origen).
El Fieldón o Thieldon, que llegó con las primeras oleadas indoeuropeas a España, un caballo más bien alto y grande, de 7 cuartas, eumétrico, de origen tarpánico, cabeza grande, perfil recto, cuello corto y recto, pecho estrecho, grupa tendiendo a la horizontalidad, cascos mayores que el Ibérico, que con frecuencia se presentaba calzado y cordón corrido. Era muy resistente, apto para el tiro, carga y silla, y mejor que el pequeño Asturcón.
De estos dos tipos de caballo originales, van a derivar otros. El Ibérico dio lugar al Andalusí, de los árabes españoles. Del Fieldón o Thieldon deriva el caballo Castellano-Leonés. Este será el caballo utilizado por los cristianos en la Reconquista.
Y el Celta, por otro lado, que es pequeño, da origen a todos los ponis españoles, el propio Asturcón, el poni Gallego, el Garrano portugués, el Losino , la Jaca Navarra, e incluso el Ariegeois. Del cruce del Andalusí con el Castellano, se produce el Andaluz, que mejorado dará lugar al Español, en tiempos de Carlos I y Felipe II.
El auge de la agricultura y la ganadería a partir del fin de la reconquista, así como la baja demanda de caballos para fines bélicos, margina a los caballos en pro de las mulas, mucho más prácticas para los trabajos duros. Serán necesarias diversas órdenes por parte de diferentes gobernantes para proteger al caballo de los cruces improcedentes, así como la intervención de órdenes religiosas que los amparaban en sus monasterios, como es el caso de los cartujos.
El cruce de las yeguas Andalusíes con el caballo Castellano comenzó en tiempos de Alfonso X El Sabio, en el siglo XIII. El producto resultante de estos cruces, que reunía la ligereza del Andalusí y la fortaleza del Castellano, se llamó en un principio caballo “jinete”, y era despreciado por los caballeros castellanos.
Pero, a partir de la batalla de Aljubarrota, en el siglo XIV, perdida por Juan I ante los portugueses, (la que se dice que se perdió porque los portugueses empleaban ya caballos “jinetes”,
mientras que Juan I en sus tropas seguía empleando el Castellano), se empieza a hablar de Caballos Andaluces en Castilla para referirse a los caballos de Andalucía que en principio se llamaron “jinetes”. Y Juan I tras esta batalla prohíbe que se vendan caballos jinetes a los portugueses, pues reconoce el valor de dichos ejemplares de Andalucía.
Enrique IV, en el siglo XV prohibió que se siguieran criando mulas en Andalucía, desde el Tajo hacia abajo,





para impulsar la cría de caballos Andaluces. Prohibición que perduró hasta los tiempos de Isabel II. En tiempos de Carlos I y Felipe II sólo se usaban en las tropas españolas estos caballos criados en Andalucía, que eran conocidos en toda Europa como caballos “Españoles”.
Sin embargo, en aquellos tiempos, en España a los caballos de Andalucía o Andaluces se les llamaba “de casta fina”, para distinguirlos del Castellano, al que se denomina “de casta basta”. Pero en tiempos de Napoleón,
los franceses llamaban a los caballos de España (Andaluces) “Españoles”, pues ya antes de la Guerra de la Independencia, al firmarse la paz de Basilea, los franceses exigían que se pudieran sacar de España caballos y yeguas Españoles. Así, desde la Guerra de la Independencia, a los caballos Andaluces o “de casta fina” se les llamaba también, en España, “Españoles”.
El Rey Felipe II, a mediados del S. XVI, sentó las bases de lo que hoy se considera el Pura Raza Española.
El monarca ordenó la cabaña caballar de su reino y mandó a construir las Caballerizas Reales de Córdoba, un lugar donde se reunían los mejores sementales y yeguas criadas a orillas del Guadalquivir.
Durante más de 30 años se afinó la especie en la ciudad califal, de donde nació una raza mejorada, ciudad que dio lugar al que se consideró el caballo perfecto.
Este ganado equino fue emblema del imperio español y se destinó, en un principio, para uso exclusivo de la Casa Real.
